Sus ojos color noche fueron su maldición, la soledad nunca fue mía... era suya, ¡siempre fue suya!
¿Por qué me reduzco tanto ante su presencia? De acuerdo, nunca fui la más bella, pero yo le gustaba, y carajo, ¿cómo no noté mi inteligencia frente a él? Me hice pequeña cuando yo era la única que no solo estimularía su excitación, sino también su cerebro, venidas y venidas de intelecto.
Él era inteligente, pero estaba roto, y vivía una soledad emocional de la que nadie podrá sacarlo.
Poco a poco y con paciencia, voy dejando de añorar una noche que nunca fue mía, pues yo me refugiaba de la lluvia y él se ahogó en ella, en su noche solitaria.
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