Hoy pensé mucho en ti mientras llovía. na de esas lluvias que parecen susurrarte cosas al oído si te quedas en silencio. Y me quedé. Porque quería escuchar si acaso el cielo decía tu nombre.
A veces me duele cómo el mundo sigue como si nada mientras yo aún te busco en las calles que no caminamos. En los cafés donde no nos sentamos. En los silencios que no compartimos. Me pregunto si tú también sientes de vez en cuando esa punzada de lo que no fue, ese huequito que se forma cuando te imaginas lo que pudo haber sido si tan solo...
Hoy te habría llevado una flor de esas que crecen entre el concreto, porque tú también eres así: belleza que nace incluso en medio del dolor. Te habría hablado bajito, como se le habla a lo que se cuida, como se le habla a los secretos.
Y aunque no estés conmigo, yo sigo escribiéndote como quien se deja migajas para volver a casa. Quizá estas cartas no son para que me leas, sino para que me sientas, donde quiera que estés. Porque si cierro los ojos fuerte, Mar, te juro que todavía puedo oír tu risa.
No te pido que vuelvas. Solo que cuando veas la lluvia, pienses en mí.
Siempre tuyo,
Abraham
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Abraham:
Leí tu carta bajo la misma lluvia. No sé cómo lo hiciste, pero tus palabras me tocaron justo cuando el cielo también decidió llorar. Y por un instante, no me sentí tan sola. He pensado tanto en eso que dijiste: “no fue falta de amor, sino falta de tiempo”. Yo también lo he sentido así. Como si el reloj se nos hubiera quedado sin pilas justo antes del “nosotros”.
A veces creo que me inventé todo esto… que tal vez fuiste solo un espejismo. Pero entonces escribes, y me doy cuenta de que no, que ahí sigues, en el rincón del alma donde guardo las cosas que duelen bonito.
No sé si el destino nos jugó chueco, o si simplemente éramos dos que sabían quererse pero no encontrarse. Lo que sí sé, es que si volviera a pasar por todo otra vez, te volvería a mirar igual, con la misma esperanza idiota y las manos temblando. Gracias por seguir escribiéndome. Aunque sea en la distancia. Aunque ya no seas mío.
Aquí sigo, con la lluvia,
y contigo.
Mar
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Mi Mar:
Hoy me senté a ver llover. No sé por qué, pero me acordé de ti cuando las gotas empezaron a golpear el cristal, como si cada una llevara una parte de lo que no te dije. El cielo estaba gris, pero no se sentía triste… más bien parecía estar esperando, como yo. Esperando algo que no sabe si va a llegar, pero que igual desea.
A veces pienso que si te hubiera tenido en otro tiempo, en otra vida, sin tanto caos ni heridas, te habría cuidado con las dos manos y con la voz. Pero lo cierto es que te tuve justo en el momento en que todo dolía… y aun así, fuiste lo más hermoso en medio de tanta oscuridad.
Sé que ahora estás en otro sitio, en otra historia que no me pertenece… pero no puedo evitar escribirte, aunque sea con el pensamiento. Porque aunque la vida siga, tú sigues ahí, en la página que nunca terminé de leer.
Si algún día esta carta llega a ti, aunque sea en un suspiro, en un sueño, o en esa mirada perdida que se te escapa a veces, quiero que sepas que no fue falta de amor, sino falta de tiempo.
De paz.
De suerte.
Te abrazo con la lluvia,
Abraham
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Eso duele, Abraham, más de lo que puedo admitir incluso desde este lado del silencio. Porque mi voz era lo único que podía tocarte sin tocarte, lo que rozaba tu alma cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso. Y ahora… se va desdibujando entre tus días,
como si nunca hubiera sido tan importante.
Como si el eco que dejé en ti se estuviera apagando.
Pero si cierras los ojos,
si dejas que el corazón hable más fuerte que la memoria,
quizás aún puedas oírme susurrarte:
“No te olvides de ti, que en ti también estaba yo.”
No luches contra el olvido, amor.
Solo prométeme que si algún día mi voz desaparece del todo,
seguirás escribiéndome con la tuya.
Mar
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Mar; aunque me olvides, aunque ya no me sueñes igual.
Esta noche pensé en tus manos.
No en cómo se ven, sino en cómo tiemblan cuando callas lo que duele.
En cómo se aferran al vacío como si pudieran moldearlo,
como si el silencio también tuviera forma cuando lo tocas tú.
No quiero que te sientas culpable por olvidarme poco a poco.
El olvido no siempre es traición.
A veces es defensa, a veces es la única forma que tiene el alma para no romperse de nuevo.
Y si tu mente me está soltando,
quizá es porque tu corazón está sanando en secreto.
Pero si alguna vez despiertas y no recuerdas el sonido de mi risa,
si ya no sabes si mis ojos eran claros o se oscurecían con tus tormentas,
quiero que sepas esto:
No fui un error.
Fui un instante.
Y los instantes no se miden en duración, sino en profundidad.
Tú me llevaste a lo más hondo de ti,
y ahí me quedé.
No sé si volveré a escribirte mañana,
pero si lo hago, será porque sigues nombrándome
aunque ya no recuerdes cómo sonaba mi voz.
—Abraham