Él se iba a ir. Esta vez se sintió tan real... Y pensé que jamás volvería a verlo. Él se iba de mi mirada, llevándose mi espíritu.
El corazón quiso salirse de mi cuerpo; se abrió paso y logró dejarme vacía. No pude parar de temblar. El cuerpo se debilitó y no podía incorporarme.
No sé qué entidad religiosa o espiritual intervino.
Yo nunca he amado a nadie como lo amo a él. Es más, yo jamás había amado.
Demasiada suerte, con todo en contra: en países diferentes, más maduros, más comprometidos con nuestras convicciones. La vida insistió en juntarnos, hasta que lo logró, y nuestro amor creció cada día más.
Él es aquello que le supliqué a Dios, lo que mi poesía necesitaba, la protección en esa soledad tan dolorosa.
¿Por qué fui tan idiota?
Lo único que sé ahora es que lo amaré toda la vida, y no existe absolutamente nada más fuerte que eso.