Cuando estuvimos juntos creí estúpidamente tener la certeza de que una parte de ti me pertenecía. No me importó la culpa que me perseguiría cuando la magia acabara. No me alcanzará la vida para pedir perdón por mi modo de manejar las cosas.
Sé que me perdonaste aunque haya herido tanto, sé que fue difícil para ti. Me toca perdonarme también para dejar de mendigar tanto amor.
Y aún así siento que amarme es como querer atrapar la lluvia con mis manos. En la madrugada, cuando hay tanto silencio, nuestra historia se transforma en una de terror.
Permití noches de locura y desenfreno, de prisa, solo para que de vez en cuando, y a tu elección, me tomaras de la mano. Esas pocas veces que me abrazabas eran mi tonta esperanza.
Las palabras crueles que pronunciaste, tu presencia intermitente, oírte hablar de tus aspiraciones y sueños, de tu forma de ver la vida. Y que jamás fuera recíproco.
Me provoca algo de alivio darme cuenta poco a poco que sí te estoy olvidando, que cada día dueles un poco menos, que hay lapsos en los que ni siquiera pienso en ti.
Las cicatrices permanecerán, pero las heridas dejarán de estar abiertas.
Luché, pero no fue suficiente y debo de empezar a entender que amar jamás es garantía de que te amén. Tengo que salvarme, tengo que protegerme, no me quiero morir, no aún.
Estoy vaciando el altar que te construí, despido tu imagen de a poco, descolgada tu fotografía de mi memoria.
Al final no te necesitaba tanto como creía, realmente no eras para tanto, siempre fuiste uno más del montón. Y no seguiré desperdiciando mi arte en ti, ni abandonaré.