domingo, 1 de noviembre de 2026

La última esperanza se casó con el fracaso

Y regresó la decepción, no como una vieja amiga, sino como una compañera de trabajo que ves todos los días, que siempre amenaza con abandonar su puesto pero nunca se va, y te mira con una sonrisa pícara.  Le acompaña la tristeza, un fantasma que solo yo puedo ver, que se burla de mí cada vez que alguien minimiza la gravedad de mi asunto, cada momento que me lanzan a un "profesional" más que también minimizará mi adicción y que no será capaz de escucharme de verdad, de verme a los ojos.

Mi primer autolesión fue a los doce años, y fue normalizlada por la "edad" y la "moda" de la época. Hoy a mis treinta y dos años lo sigo haciendo, y mi piel esta destrozada, sobre todo, mi brazo izquierdo. 

Mi sobredosis de medicamentos legales no ha sido preocupación; no es cocaína, no es cristal, vamos, ni siquiera es alguna benzodiazepina. Solo son pastillas para dormir que no uso para dormir, solo son pastillas para la gripe que no uso para la gripe... Y no me tomo una, ni dos, me tomo cuarenta o más. Lo he dicho. 

¿Les importa? No. Ni a los profesionales, ni a mis familiares. A estos últimos solo les he causado decepción, repudio, rechazo. A veces pienso que la persona sana que alguna vez fui ya no existe, porque se suicidó.

El hecho de que nadie entienda mis adicciones me hace sentir profundamente sola,  y no puedo parar de herir a las personas que amo y a las que alguna vez me amaron. ¿Será mejor sacrificarme quedándome sola?