Era de noche.
El silencio tenía peso.
Las luces apagadas
como si el mundo
hubiera decidido no mirar.
Me recostaste en el suelo
y algo en mí entendió
que no habría regreso.
Crucé el umbral sin ruido.
Tu herida dulce me enseñó
una forma nueva de confiar,
y mi ingenuidad
aprendió a quedarse quieta
entre tus manos.
No fue prisa.
Fue abandono.
Fue dejar que alguien
entrara donde aún no había lenguaje.
Después me llevaste a casa.
Las calles eran las mismas.
Yo no.
Algo tuyo
quedó respirando en mi sombra.
No era tu piel:
era la certeza
de haber sido abierta
por primera vez.
jueves, 15 de enero de 2026
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