-¿Ian? – preguntó Ángela buscando al
muchacho y yo puse los ojos en blanco.
-Voy a cambiarme rápido – dijo saliendo de
la cocina y subiendo las escaleras.
Esperamos en la sala por unos momentos,
hablando de cualquier cosa. Hasta que escuchamos las pisadas de Ian
dirigiéndose a nosotras. Diablos, no podía entender cómo podía verse aún mejor,
siempre fue un chico atractivo pero con los años, mejoró de manera casi
imposible. Ian caminaba cual estrella, su chaqueta negra hacía brillar más su
mirada.
-Guau, ambas se ven preciosas – dijo al fin.
-Gracias – respondimos Ángela y yo al mismo
tiempo.
El sonido de un claxon interrumpió nuestra
semi conversación, y sin más subimos al auto de Carlo.
Fin del flashback
…
Con toda la
tranquilidad del mundo, Ángela y yo
decidimos quedarnos un par de semanas más con Eduardo y Cecilia, después de
todo nada nos apuraba a salirnos rápidamente del país. Queríamos disfrutar cada
momento, incluso alargando un poco la despedida (más que nada para convencer a
Ceci de que se aventurara con nosotros).
Después de
mi discusión y acuerdo con Eduardo, las cosas salieron perfectas. Eran
incontables los buenos momentos en los que no parábamos de carcajearnos por
cualquier tontería, íbamos a bares, restaurantes, fiestas, cines, albercas, de
todo un poco. Me disculpo por insistir en el tema, pero en estos días de
convivencia descubrí un lado de Eduardo que no había notado antes, tal vez era
nuevo, o desde que éramos adolescentes él era así y yo no me había dado cuenta
por un Ian revoloteando alrededor mío, distrayéndome por completo de lo que
podía tener fuera de él.
La segunda
semana nos sorprendió en casa de Eddy. Decidimos asar carne y divertirnos un
rato en su hermoso patio trasero. Después de comer, nos acomodamos en el pasto
a platicar de cualquier cosa.
-Creí que no
volvería a estar así como ahora, con ustedes – hablé después de que nos
quedáramos sin tema de conversación.
-¿A qué te
refieres amiga? – dijo Cecilia con una media sonrisa.
-No sé,
siento que tengo dieciocho años otra vez – reí – libre de divertirme como
cuando éramos unos chamacos.
-Ay sí –
terció una Ángela soñadora – recuerdo cuando vivíamos todos en Guadalajara.
-Claro – rió
Eduardo – aunque Carlo me odiaba un poco – ahora todos reímos.
-Sí –
suspiré – Cuando Ángela llegó a mi vida a mí me costaba mucho entablar
conversación con las personas, de hecho, era muy difícil para mí hacer amigos.
Luego ella me abrió las puertas a nuevas experiencias, y me llevó a ustedes, a
Carlo, Natalia e Ian.
-O cuando
Ian y Eduardo se agarraron a madrazos – dijo Ángela partiéndose de risa.
-Bueno –
carraspeó Eduardo – bien merecido que se lo tenía.
-Pero si te
dejó casi en coma – chilló Cecilia de risa.
-No podían
pasar ni cinco minutos sin pelearse- agregué.
-Yo recuerdo
cuando los siete fuimos a cobrar una venganza al matón de Nicolás, entramos a
su casa sin permiso a destruirle un par de cosas – torció la boca Eduardo – nos
atrapó la policía y todo fue un desastre.
-Uy, mis
padres casi me matan – recordé riéndome - ¿Qué pasó con Nicolás?
-Creo que
ahora está en la cárcel – dijo Cecilia metiéndose una fritura a la boca.
-Merecidísimo
– dijimos Ángela y yo al mismo tiempo.
-¿Qué
hicieron ahí al rincón al que se fueron a vivir? –Preguntó Cecilia dirigiéndose
a Ángela y a mí.
-Mucho de lo
cual no vale la pena contar – respondí yo – Es decir, la escuela nos exprimió
demasiado. Como he dicho en reiteradas ocasiones, creo que me hubiera colgado
si Ángela no me hubiese acompañado. La gente allá es muy distante, cada uno
está en su mundo. Parecía un embrujo pues con el tiempo Ángela y yo nos
estábamos volviendo igual y por eso decidimos huir – Ángela asintió recordando.
-Me imagino –
gruñó Eduardo – pudieron habernos esperado y todos nos hubiéramos quedado aquí,
este es un lugar maravilloso.
-Lo sé –
aseguré – pero ya saben de memoria lo que pasó.
Un teléfono
celular comenzó a sonar, era el de Eduardo. Lo respondió de inmediato, gritó en
un par de ocasiones y colgó.
-¡Chingado! Odio
mi trabajo – comenzó a decirnos con amargura – Chicas, tengo que irme; mi casa
es su casa.
-Gracias –
dijimos todas en tono triste. La convivencia no era lo mismo sin él y eso de su
trabajo comenzaba a irritarme, comenzaba a enfurecerme el hecho de que lo
separaran de mí. Bueno, de nosotras quiero decir.
-¿Y ahora
qué? – resoplé en tono triste, dejándome caer en el pasto.
-Tenemos que
hablar con Ceci – me susurró Ángela al oído y yo entendí perfectamente.
-Cecilia –
hablé a la chica que con distracción miraba hacia el horizonte.
-¿Qué pasó?
-Necesitamos
hablar contigo – tragué saliva – vamos a la sala – me paré.
-¿Confesarán
un asesinato? – Dijo Ceci – perfecto – se levantó y corrió a la sala. Ángela y
yo la seguimos.
Una vez
estando en la sala, me recosté en un sillón y abracé un cojín.
-Iremos al
grano – dijo Ángela al fin – Queremos que nos acompañes a nuestros viajes.
Cecilia
abrió los ojos de par en par, un silencio sepulcral hizo acto de presencia.
Flashback
Llegamos a un restaurante bastante bonito y
lujoso. Ian fue excesivamente atento conmigo, abriéndome la puerta, acercándome
la silla, y en cualquier oportunidad que tenía el idiota. Me estrujaba los
sesos tratando de no embelesarme ante cada gesto galante que hacía. Ángela se
sentó a mi lado derecho e Ian, mi tormento, a mi lado izquierdo. Me sentí
encarcelada. No supe si era una broma del destino, o el tipo me estaba
acosando. Mi corazón fue más proclive a la primera opción. La vida era cruel.
Pero este no era el momento para quejarme ni
lamentarme, así que me sonreí a mí misma y comencé a platicar con todos.
Contando mis propias historias y escuchando atentamente la de los demás.
-¿Y dónde quedó el Ian “todomevalemadre”? –
preguntó Ángela mirando a Ian. Yo interrumpí mi conversación con Carlo y lo
volteé a ver expectante.
-Lo envolví en una bolsa y lo tiré al río –
dijo él y yo ahogué una risilla tonta.
-Gracioso.
-No, la verdad es que la vida me obligó a
cambiar – me miró – unos cuantos acontecimientos me hicieron darme cuenta de
que si quería sobrevivir necesitaba madurar.
-¿Qué acontecimientos?
-Una chica me dio una gran lección al
romperme el corazón – sonrió sin alegría – y en el fondo se lo agradezco. Hice
lo que tanto me exigía cuando peleábamos “madura de una puta vez”.
En ese momento agaché la mirada, todos se
dejaron atrapar por un silencio incómodo.
-Con permiso – dije levantándome de la silla
– tengo que ir al baño.
-Adelante – respondieron todos. Sentí la
mirada de Ian clavada en mí.
En cuanto me alejé, comencé a correr
atormentada. Me dirigí a los baños, me encerré en un cubículo y lloré
amargamente. Me odiaba por seguir sintiéndome afectada por sus palabras.
Indirectamente él estaba reclamándome y a la vez agradeciéndome por mi partida,
¿quién se creía que él era? Pues él me había fallado primero a mí, haciéndome
pedazos. ¿Qué derecho tenía de quejarse si una y mil veces con acciones me
había dejado en claro que no me amaba como yo lo hacía?
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